Las motos de trial tienen muchas particularidades que las alejan del resto de las de off-road. La principal diferencia es el peso del conjunto: para mejorar la maniobralidad y optimizarlas a las necesidades de la competición se busca minimizar al máximo el peso de la máquina. Para ello se utilizan sólo los elementos indispensables y éstos se fabrican con las aleaciones y los materiales más livianos. En total, una moto de competición de trial pesa alrededor de unos 65 kilos gracias al empleo de aleaciones como el titanio o el magnesio y componentes elaborados en fibra de carbono, que combina robustez con ligereza.
Las suspensiones de una moto de trial tienen un recorrido muy corto para maximizar las prestaciones de potencia del motor y trasladar mejor todo el empuje a las ruedas y al suelo.

El propulsor también está preparado para disponer de una excelente respuesta en bajos de entrada, y es muy progresiva la respuesta del motor para poder dosificar al máximo la potencia. Los propulsores, tanto los de dos tiempos como los de cuatro, cubican alrededor de los 300 c.c. y el depósito de combustible se reduce al máximo de capacidad, por lo que las máquinas de esta especialidad tienen una autonomía muy limitada.

En los neumáticos también encontramos diferencias notables. Los compuestos de gomas son muy blandos para maximizar el agarre en las superficies deslizantes. No acostumbran a llevar cámara para evitar pinchazos y las presiones de inflado son muy bajas para aumentar al máximo la superficie de contacto con el suelo e incrementar así la tracción y el agarre de las ruedas. En el trial indoor, las suspensiones son más rápidas para poder adaptarse a las dificultades de los obstáculos artificiales.